El blog de la Redacción

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Mayo ha traído el calor sofocante. Hasta Madrid adopta la humedad de Barcelona, ni que decir la oficina de CINE365. Pero poco importa, aquí trabajamos a destajo haga calor, frío o lluevan más ranas que en Magnolia (o peces en la versión de Lee Tamahori  del K.Dick de Next; sí, me refiero al director que encontraron travestido ofreciendo servicios sexuales). Únicamente hay crisis cuando falla el aire acondicionado de última generación: un ventilador con cintas blancas atadas en los radios.

 

Ahora mismo estamos en pleno trajín pre-Cannes. Las maletas han sustituido a los ordenadores encima de las mesas. Ropa, utensilios para el aseo, libros de Gilles-Deleuze y Fernández Porta, mp3/iPod con lo último de Deneuve, Elodio y los seres queridos, La estrella de Jesús, Triángulo de amor bizarro, Tachenko y, sobretodo, El Guincho, portátiles de todos los tamaños, discos duros externos con las filmografías completas de Philippe Garrel, Erick Kho y Paolo Sorrentino, revistas porno, el maletín de Sherlock Holmes, botellas de Lagavulin, libreta escolar a cuadros con tapa blanda, boli (indiferente marca), cremas solares, diccionarios español-francés y un rico surtido de fármacos: antihestamínicos, antidepresivos, paracetamol, estimulantes y tranquilizantes, ampollas contra la calvicie, crema hidratante y tonificante, tiritas, yodo, enjuague bucal.
El debate intelectual ha subido de nivel. Ahora para hablar de cine subimos al terrado. Allí debatimos sobre quién es mayor, si Luc o Jean-Pierre (Dardenne); quién ganaría en una lucha a cuchillo, si los Coen o los Taviani; si irá o no Andrés Pajares a presentar su obra sobre Kafka, Hunter S.Thompson y Fritz Zorn; qué ha sido de Laetitia Casta; etcétera. Las porras por quién va a ganar están claramente decantadas, aquí va el porcentaje: 74% Clint Eastwood, 22% Jia Zangke, 3% Albert Serra (que no va a competición pero tenemos algún que otro ultra) y 1% Vicente Aranda (que tampoco va y… bueno, no hay explicación).

 

Así que el próximo post ya será en la costa francesa, comentando diariamente la actualidad festivalera. Vale aclarar algo, el corresponsal únicamente va a Cannes para ver la última de Indiana Jones, le da absolutamente igual el resto ya sea filipino, chino, alemán o español (ay no, que no hay cine español en la Sección Oficial a Concurso; qué raro, con el gran cine que se hace por aquí). Si es que, en el fondo, no te puedes fiar ni de los franceses. Vete tú a saber.

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La última película de Michel Gondry no ha podido con nosotros. Demasiado poco sutil, o si se prefiere, demasiado poco imaginativa, viniendo de las manos que viene —preferimos infinitamente los “suecados” que hace Joaquín Reyes de figuras públicas—. Pero reconozco que queda una sensación extraña, un rasca-rasca dentro del estómago que te hace apretar los ojos, expirar cierta melancolía, especialmente para aquellos que nacieron entre 1970 y 1980. Supongo que todos nos hacemos mayores, es inevitable. No se puede combatir el miedo cuando uno mastica la realidad a la que se aboca inexorablemente la existencia humana, pero bueno, eso es otro tema, hoy toca disfrutar,  hablar del cine que mamamos de los años 80. Pulsen play.

Be kind 

Los años 80… pienso en un niño con mucho pelo y poca barriga que se adentra en un cine con la misma ilusión de quien se entrega al disfrute absoluto. Es una sensación imborrable, pero también irrecuperable.  La sala de exhibición como expresión máxima de la abstracción: una pantalla grande y blanca donde existían todo tipo de mundos, también los nuestros. Era la época del vídeo, claro, un armatoste gigantesco con su rew, su fwd, su rec. Era algo fantástico: podías grabar y así verte cincuenta veces Alien el 8º pasajero, Rebeldes, El padrino o Chitty-Chitty Bang Bang, según las pasiones de cada uno. Pero eso no eliminaba la sensación primigenia de enfrentarse a la sala oscura.
En esas mismas salas —hoy envejecidas, sucias, vacías: habitáculos de espectros imposibles — veíamos el mejor cine (aunque fuera muy malo) que uno puede llegar a recordar. Hablo de películas como Regreso al futuro, Los goonies, E.T., Los cazafantasmas, Conan, el bárbaro, Terminator, Depredador, Pesadilla en Elm Street, Cortocircuito, Teen Woolf, El chico de oro, Superdetective en Hollywood, Los gremlins, El club de los cinco, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, En busca del arca perdida, Bitelchús, Agárralo como puedas, Henry, retrato de un asesino, El imperio contraataca, La cosa, Un pez llamado Wanda, Loca academia de policía, La jungla de cristal, Exploradores, Robocop, La princesa prometida, Platoon, Esta casa es una ruina, El chip prodigioso, Los goonies, Big, Scarface, La ley de la calle, El resplandor, Blade Runner, Arma letal… sí, sí, sí… lo sé, también es la década de Ran, Toro salvaje, Delitos y faltas, Inseparables, El sur, Paris, Texas, Fanny y Alexander, Sacrificio, Terciopelo azul, Hannah y sus hermanas, Dublineses, Érase una vez en América, El hombre elefante, Brazil, El dinero, Bird, Corrientes de amor, ¿Dónde está la casa de mi amigo?, La última tentación de Cristo, Recuerdos de la casa amarilla, El cuarto hombre, Videodrome, Extraños en el paraíso, Los motivos de Berta, Uno rojo, división de choque, el Dekalog de Kieslowski, El rayo verde, La puerta del cielo,  La chica de la fábrica de cerillas, El jinete pálido, La ley del deseo, Bajo el peso de la ley, Sans soleil, Haz lo que debas, El rey de la comedia, Cielo sobre Berlín, Lluvia negra, A nuestros amores, Identificación de una mujer o Viaje a Citera.

Regreso al futro 

Hace no mucho discutía con un crítico dos generaciones mayor a propósito de la integridad del cine infantil de los años 80. El mercado se encontraba entonces en una escalada de agresividad que asustaba a los más valientes. Aún así, el resultado no llegó a afectar tanto a la calidad de los productos como se temía. Hoy en día hay muy poco cine juvenil que considere con cierta inteligencia al espectador, la producción continuada de estupideces enlatadas en 35mm se estrenan como parte de la misma cadena de montaje que las fabrica. De acuerdo, a mí también me gusta la saga de El señor de los anillos o cualquier cosa que salga de las manos de Pixar (aunque eso nos cree problemas con nuestra inspiración baziniana de entender el cine) y, si me fuerzas, hasta la de Harry Potter, especialmente la dirigida por Cuarón. Pero, ¿qué hay del resto?
En la redacción de CINE365 nos consideramos hijos de los años 80 y eso, a nuestra manera, nos hace más felices. Sé que nunca habrá más goonies, gremlins o cazafantasmas en nuestras vidas, pero el legado que llevamos en la sangre de la memoria debería servir para poder trasladar dichas experiencias a nuestros descendientes. Si los tenemos, claro.

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Aprovechando las diferentes disputas a propósito del trasvase del Ródano, que el AVE ya llega a Barcelona (o a Madrid, según se mire o se centralice) por el médico precio de 200€, que Isabel Coixet estrena película (adaptando a Phillip Roth) y que aún es temporada de caracoles, la redacción al completo de CINE365 viajamos a Barcelona para un simposio sobre semiótica avanzada. Los becarios se quedaron en Alcobendas (no les llegaba para el billete/ y eso que una vez estudiadas las estupendas tarifas de RENFE conseguimos una magnífica rebaja del 0.005%) junto con una serie de péndulos con cara de pájaro que van actualizando las cachés de la web de forma harmónica.

tren

Barcelona era una fiesta al son de Mulatu Astatke en la zona meridional y de Ali Farka Touré en la zona septentrional. La ciudad se hallaba conmovida en sí misma, al parecer en la zona altísima —alrededor de Avenida Tibidabo— había habido una trifulca dentro de una discoteca y los encargados de seguridad llevaron amablemente fuera del local a varios de los jóvenes nuevos ricos. Éstos, indignados, profirieron los siguientes insultos a los empleados del local: (1) ¡Purria!; (2) ¡Mileuristas!; y (3) ¡SINPISCINA!
Nos quedamos sin palabras. El efecto Muchachada Nui —ya de vuelta en nuestras pantallas todos los miércoles por la noche en la 2— ha calado incluso en aquellos que tienen coliflores por cerebro. De regreso al simposio estuvimos discutiendo varias horas si el cine que se hace hoy en día debía llamarse cine pos-posmoderno o no(vi)vísimo cine contemporáneo e hicimos cálculos sobre quién era más idiota, si Paris Hilton o Belén Esteban, sin llegar a ninguna conclusión definitiva.

muchachada nui

Aprovechando que estábamos en Barcelona nos dio por visitar lo más interesante de la ciudad. Hablo, claro, del Gimlet del Born, del Boadas de las Ramblas y del Negroni del Raval. De vez en cuando llamábamos a la oficina para preguntar qué tal iba el Festival de Cine de Málaga. «¿Qué el premio de la crítica lo ha ganado la del Corbacho? Camarero, ponme otro dedo en vertical de Talisker sin hielo». Un individuo atroz, bajito, con cara de estreptococo y voz de eunuco, tras preguntarnos si éramos “los muchachos de la prensa”, se puso velozmente a contarnos todos los chanchulleos que se escondían detrás de la política de subvenciones públicas.
Como el tema en sí no es que nos interese mucho le invitamos a un Tab con apio y le dejamos ronroneando en un rincón. Al fin y al cabo, ¿qué más da que se estrenen películas argentinas dobladas al catalán? ¿Qué importa si hay directores (es un decir) que se adjudican imágenes de las que no han rodado un solo plano? ¿Importa acaso que haya revistas que les dedican críticas elogiosas, incluso los citan como ejemplo en artículos especiales? «¡Camarero! ¿¿¿Qué pasa con ese Talisker???».

mapa

Abandonamos Barcelona con la tristeza de quién entiende que vivir significa, especialmente, perder cosas continuamente. Sentimos en nuestros cuerpos los límites establecidos por la física-química —así como un ardor estomacal mezclado con un sudor frío y un extraño olor corporal, además de un pulso en el entrecejo que late con la fuerza de un mazo—, entendemos que la vida, en realidad, no es nada. A no ser que seas de los que se puede permitir insultar a alguien como “mileurista”.

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Todos los lunes el big brother orwelliano —nada que ver con el vómito telecinquero u antenatresil— que controla el hilo musical de los ascensores del rascacielos donde se encuentran las oficinas de CINE365, sustituye las habituales versiones de The Beatles en clave de flauta travesera por el Berlin de Lou Reed. Hay mordiscos para calentar la leche en el microondas, los técnicos corrigen los fallos del software pegando puñetazos a la pantalla del portátil, los jefes mandan SMSs desde casa: “Estamos pero que muy reunidos”.

1984

No hay problema. La Redacción de CINE365 levantará España una vez y otra también. Y más desde que cubrimos la sangría de becarios con el fichaje de un nutrido grupo de rumanos y ucranianos para coordinar la sección de Críticas de Actualidad. El objetivo está claro: cambiar fichas de estrenos, subir vídeos y fotografías, coordinarnos con nuestros homólogos del intra-radio, no quitarnos los pantalones hasta media tarde.

Aún así la dinámica de principio de semana se nota en los párpados y las monturas de las gafas de las de contabilidad. Hasta Tony Leung está algo arrugado en la vidriera barroca que decora el recibidor en homenaje a In the mood for love. La atmósfera se enrarece, los diálogos —primero— se “monologuizan” y —segundo— se “monosilabizan”. En un intento de levantar la moral del subsuelo, al cruzarme con Montaraz, el Redactor de Contenidos de la Sección de DVD / Reportajes le comento:

- ¿Qué?

Montaraz me mira desde detrás de sus ojos, de su cara supura el patxarán ingerido el sábado: Zoco, del malo. Articula su lengua pastosa y comenta:

- ¿Qué?

Y cada uno sigue por su lado.

Widmark 

Media hora después en la redacción sólo se escucha el aire acondicionado. Cuando alguien  enciende la cafetera ésta suena como una taladradora. Está claro: o alguien dice algo o esto puede implosionar hasta que sólo quede de nosotros pedazos de carbono sanguinoliento enganchado a los azulejos del suelo. Digo en voz alta y sin referirme a nadie en concreto: «Qué triste lo de Widmark, ¿eh?».

Silencio.

Absoluto.

Trago saliva. Levanto la cabeza. Sólo veo cogotes y narices clavadas en los teclados. Es entonces cuando un despistado, pensando que había pasado el peligro, levanta la cabeza. Le atrapo con mi mirada y lo retengo. Le veo como empieza a sudar. Es Villamarín, el responsable de las filmografías. Le estrangulo a distancia hasta forzarle a hablar. Con una voz trémula, gangosa y seca dice: «¿El del Bayern de Munich?».

Las secretarias se abalanzan sobre mí. De la frente de Villamarín brota un chorro de sangre fruto del impacto de una grapadora Petrus de un valor aproximado de treinta y cinco euros. Llegan los de seguridad, otra vez, no me lo puedo creer, qué vergüenza, qué ignominia. Suspendido de sueldo (no de empleo) y obligado a memorizar y recitar en versos alejandrinos el Praxis del cine de Nöel Burch.

Don Perfecto Caput 

Desde el cuarto oscuro al que he sido degradado me llegan las voces frescas del miércoles y del jueves. Incluso la algarabía y el despiporre del viernes. Oigo como, al abandonar el edificio, los corresponsales de Cannes y Venecia hacen una lista de todos los luchadores de la World Wrestling Federation (WWF) que han muerto: Mr. Perfecto, Terremoto Earthquake, André el Gigante, Yokozuna, el British Bulldog, el Poli Loco, el Tornado Texas, Dino Bravo, El Cariñoso, uno de la Legion of Doom, Hércules, Owen Hart, Bam Bam Bigelow, Crash de los Demolition Man… Todos ellos actores. Y muy malos.

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Aprovechando el paso por nuestro país de The Cure, que Nick Cave ha sacado nuevo disco —de nuevo con los Bad Seeds—y que esta semana hemos estado enganchados al Elegies to lessons learnt de los iLiKETRAiNS, en la Redacción de CINE365 nos hemos vuelto oscuros y, entre otras cosas, hemos pasado olímpicamente de quién ganaba las elecciones: Zapatero, Rajoy o Chikilicuatre.
Alguien, en mitad del pandemónium de la laca y el lápiz de labios violeta, recordó un texto de Javier Marías para la revista Gol, concretamente el Especial Mundial ‘94, en el que decía que los mundiales eran algo a lo que uno se acostumbraba. Que de pequeño parecía pasar una eternidad entre uno y otro, pero que con el tiempo era algo recurrente incluso en el propio funcionamiento de la Selección Española: un equipo que siempre promete y que acaba perdiendo, con suerte, en cuartos de final.

Nick Cave
Pues bien, esa sensación de cotidianidad cansina fue justo lo experimentado al encender la tele este fin de semana: Eurovisión, Elecciones Generales, fútbol y cine de Semana Santa. De hecho, hasta los Oscar —no digamos los Goya— se vuelven recurrentes. Todo parece funcionar con el mismo mecanismo, pero ya nada consigue emocionarnos como antes.
Ante el hastío, y mientras sonaba John the Revelator de Depeche Mode, la desesperación nos llevó a enchufar un VHS a la pantalla plana del ordenador y nos vimos en continuo todas aquellas películas de Budd Boetticher que no eran protagonizadas por Randolph Scott. Llegamos a las manos cuando discutíamos si era Toshiro Mifune o Takashi Shimura el actor que más veces trabajó con Akira Kurosawa. Nos echamos a llorar de emoción cuando nos contaron que Bibi Andersson estaba a punto de rodar una nueva película —constatando que a sus setenta y pico añazos sigue siendo profundamente bella—, lamentablemente luego nos pusimos a llorar de pena al descubrir que la película en cuestión… era española.
Andábamos en círculos o chocando contra las paredes: ¿prefieres Bauhaus o The Sisters of Mercy? ¿Qué pinta Scarlett Johansson versionando a Tom Waits? ¿Eres capaz de volver a escuchar una canción de Carla Bruni sin que un escalofrío gelatinoso y grumoso te recorra la espina dorsal? ¿Por qué se estrenan remakes tan horripilantes como The eye o Llamada perdida? El post-punk nos dejó tiritando en el suelo, nos sentíamos tan confundidos y alienados como el asno cuando vio al ángel.

El asno vio al angel
Entonces a alguien, no recuerdo a quién, el cerebro le hizo click. Y ese click se empalmó con un clack. Y el click-clack provocó un retintineo y un gemido. Y alguien se acordó que había llegado un paquete a la oficina. Un Betacam de tamaño desproporcionado que llevaba escrito en la portada:
Kimmel International
“TALK TO ME”
ELECTRONIC PRESS KIT
(SEE ENCLOSED LOG)
LENGTH: 37:45
BETACAM SP PAL

¡Talk to me! El funk hizo presencia en el edificio. Apagamos la radio mientras New Order nos recordaba el vacío. Conseguimos ponernos en pie. Nos agarramos a las mesas con manos, dedos y uñas rotas. Habíamos sobrevivido. Todos seguíamos en pie… ¿dije todos? Los cadáveres de los becarios convertían el suelo en un tablero de ajedrez goyesco.

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Hoy en la redacción de CINE365 nos hemos reunido para llegar a un acuerdo que fuera definitivo de todas-todas. Después de horas y horas de conversación, encerrados en una sala a la manera de Doce hombres sin piedad, hemos llegado a una conclusión: no nos gusta el péplum. Tanto nos da que Joaquín Sabina le dedicara una canción horrorosa en la que se insistía que era el mejor cine para llegar al tanga de la acompañante de turno. El cine de romanos no nos gusta y punto.
Todo ello viene a propósito del estreno de 10.000, que si bien no es un péplum siguiendo la regla genérica, sí es un espectáculo hueco destinado a ensalzar el músculo varonil en aras de la supervivencia (y de llegar al tanga de la acompañante de turno). Eso sí, como la película es de Roland Emmerich, ésta funciona como cascada de imágenes espectaculares, transformando el visionado en algo parecido a una montaña rusa de última generación. (Hemos estado un largo rato debatiendo también por qué eran “rusas” las “montañas” de los parques de atracciones, pero ni siquiera hemos llegado a la conclusión de por qué las “ensaladillas” también son “rusas”).

10.000

El modelo cinematográfico que practica Emmerich —en el saco podríamos incluir el otro pandemónium de la carne que era 300 o el Viejo Testamento en tiempos de prosa azteca de Apocalypto— tiene como fin el subidón de adrenalina: que el espectador sea capaz de notar el aliento de un mamut pixelado. La regla histórica queda clara: 10.000 años antes de Cristo la violencia imperaba en América. A día de hoy, 2008 años después de Cristo, la violencia sigue existiendo. Distintas caras y cuerpos, misma sangre manchando el suelo.
La verdad es que tanta verdura infográfica acaba cansando. De 10.000 a Beowulf, de Transformers a Canciones de amor en Lolita’s Club. No hace tanto comprobábamos como una apreciable película de vampiros como 30 días de oscuridad fracasaba en su corriente más visceral. La sangre se intercambiaba por píxeles de color granate. La comparación con La cosa de John Carpenter era insalvable. (Aquí somos injustos, porque comparar a cualquiera —menos a Hawks, claro— con Carpenter es ser muy cruel). Pero centrándonos únicamente en el aparataje espectacular: ¿No eran mucho más creíbles las mandíbulas mecánicas que le surgían del estómago a un personaje que todo el envoltorio de las películas de Michael Bay o Barry Sonnenfeld?

la cosa

Lo mismo podríamos decir de las mutaciones orgánicas de David Cronenberg o, incluso, de los splatters con animatronics de las series Z de Yuzna, Gordon y compañía. El mundo digital no nos gusta. Y como el protagonista del Mundo Viejuno de Muchachada Nui, ¡queremos ser analógicos! ¡Si todavía no entendemos cómo funciona el aparato de la TDT!
La semana que viene seguiremos informando: tenemos una reunión de urgencia para que nos quede claro si estamos en contra o muy en contra de la aplicación del canon digital.

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«¡Oh, dolor! ¡Oh, dolor! Devora vida el Tiempo,
y el oscuro enemigo que nos roe el corazón,
crece y se fortifica con nuestra propia sangre»
En la Redacción de CINE365 nos hemos volcado con Baudelaire. Lo necesitábamos, la 80ª ceremonia  de los Premios Oscar nos ha dejado para el arrastre. Extasiados y resacosos tras los innumerables vasos de ginger-ale que tomamos para celebrar el triunfo de Javier. (Algo parecido se debió tomar él, vistas sus declaraciones a la hora de hablar de las elecciones españolas).

Bardem

Y es que, ¡no damos abasto! Aún con las ojeras enganchadas a las orejas nos vimos forzados a ver el debate entre el presidente Zapatero y el candidato Rajoy. Viéndolos hablar uno no sabía si estaba en un programa de debate alrededor del famoseo basuril o viendo una batalla de gallos de raperos. Demasiado fuerte para nuestras almas sensibles.
Así que nos encerramos en nuestra habitación y tiramos la llave por la ventana. Pusimos bien alto el Ask forgiveness de Bonnie Prince Billy y nos pusimos a leer Las flores del mal de Baudelaire a escasos centímetros del rostro. Sólo hemos parado para seguir viendo los nuevos capítulos que nos llegan (vía Internet) de Perdidos y, así, flipar pepinos —peligro: SPOILER— con Sayid Jarrah metido a asesino a sueldo.
Los flash-backs que nos llegan a la memoria son clarividentes: una alfombra roja plagada de vestidos de Versace, Jon Stewart jugando a la Nintendo Wii con una niña cantante de góspel, Steve Carell comiéndose (en las tablas humorísticas) a Jonah Hill y Seth Rogen, múltiples secuencias de los Oscars viejunos y, por supuesto, a Javier Bardem besando el Oscar. Muacs, muacs, muacs.

100000

Mientras tanto seguimos trabajando. Haciendo previsiones sobre si la nueva epopeya de Roland Emmerich —10.000: el título hace referencia a cuando se desarrolla la acción, diez mil años antes de Cristo— se comerá mucho o poco la taquilla, si La noche es nuestra igualará en calidad a La otra cara del crimen —ambas del gran James Gray—, si Dewey Cox: Una vida larga y dura y Como la vida misma nos harán reír tanto como prometen…
Les seguiremos informando, pero mientras tanto…
«Son más bellos los sueños de los locos que los del hombre sabio».

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El primer festival importante de la temporada 2008 —el Festival Internacional de Cine de Berlín— ha finalizado sin casi noticias (ni películas) de interés o, al menos, esa es la sensación que tenemos en la Redacción de CINE365: a Alcobendas sólo nos ha llegado de Berlín el revuelo organizado por Elegy, o lo que es lo mismo, Isabel Coixet adaptando a Philip Roth.
La película de la Coixet, que en breve tendremos la oportunidad de ver en España (la distribuye On Pictures), está protagonizada por Penélope Cruz, Sir Ben Kingsley, Patricia Clarkson (inolvidable en The Station Agent) y Sonja Bennett (la pudimos ver en el remake de La niebla). Elegy cuenta la tormentosa relación que se establece entre un maduro profesor (Kingsley) y una joven libidinosamente pluscuamperfecta (Pe). Todo ello contado bajo la particularísima óptica de la directora catalana especialista en ofrecer discursos en los premios Goya.

Elegy Berlin

Atendiendo a los últimos Osos de Oro otorgados por el certamen (ahí va la lista): 2004-Contra la pared (Fatih Akin),2005-U-Carmen e-Khayelitsha (Marc Dornford-May), 2006-Grbavica (Jasmila Žbanić) y 2007-La boda de Tuya (Wang Quan’an); quizás es momento de que los organizadores/programadores empiecen a replantearse un mínimo cambio en su selección de títulos a concurso.
Este año la ganadora ha sido la cinta brasileña Tropa de élite de José Padilha, una polémica película que cuenta la agresiva limpieza a la que se sometieron las favelas de Río aprovechando la visita del Papa Juan Pablo II. Teniendo en cuenta que el presidente del jurado era el director griego Costa-Gavras —cuya última película interesante tiene fecha de 1982: Desaparecido (Missing)—, uno de los más fervientes artesanos del cine de denuncia política, no nos habría de extrañar que ganara Padilha por delante de Pozos de ambición, de momento, la película que más ha gustado en la dispersa Redacción de CINE365.

Pozos Cartel

Puesto que a Berlín todavía no llega el AVE, los miembros de la redacción decidimos acercarnos a Pamplona, al Festival Internacional de Cine Documental de Navarra “Punto de Vista”, a reunirnos con amigos cronistas que no veíamos desde el Festival de Gijón o las JOINAC organizadas por la Filmoteca de Valencia. Y de paso, claro, vimos películas: Wang Bing, Raya Martin, Nicolas Philibert, Ermanno Olmi, Guy Maddin… una extraña mezcla entre desvaríos experimentales de última vanguardia y una prueba de resistencia física. ¿Genialidad o locura? No lo tenemos claro, pero desde luego, disfrutamos como enanos.
Ahora toca descansar, que el domingo llegan los Oscar y eso promete: placer y trabajo.